Imagen de la Virgen

Ahí está esperando siempre en su sitial de honor. Es la misma efigie que esculpiera un indio de Tobatí cuyo nombre no ha podido recoger la historia. Data aproximadamente de fines del siglo XVI.

Así refiere el Dr. Miguel Ángel Guillen Roa en la serie de artículos titulada “Caacupé y su historia”, que oportunamente publicara en las páginas del periódico Cordillera Color aludiendo a la sagrada imagen de la Virgen de los Milagros.

Una tradición popular, sencilla y completamente verosímil sobre el origen de la imagen, sostiene que un indio cristiano perteneciente a la Doctrina franciscana de Tobatí, que hacía de escultor en la reciente comunidad, se interna una mañana en la selva. Había que buscar maderas apropiadas para engalanar un templo recién terminado.

Estando en la selva, sintió la cercana persecución de unos indios mbaya, enemigos de los guaraníes por su conversión al cristianismo. Que hacer. De hecho estaba perdido. La muerte se le venía encima.

En esta angustiosa situación se acordó la Santísima Virgen y le formulo una promesa. Guarecido detrás de un árbol, le prometió que, de salvarle de ese trance de muerte, le haría una imagen. Los salvajes llegaron, pasaron y se perdieron en la selva. La tradición dice que el indio guaraní se volvió invisible a sus ojos.

De ese árbol que salvo al indio guaraní, tallado con afectuosa gratitud, fue surgiendo la imagen de la Virgen. Al cabo de algún tiempo de reconcentrado amor, el trabajo estaba terminado. El resultado está a la vista: una obra de singular belleza.

Versiones llegadas hasta la generación de la Guerra del 70, señalan que el indio guaraní esculpió dos imágenes de la madera que cortara del árbol que fue su salvación. Una imagen era más grande que la otra. La imagen más grande es la que se venera hasta hoy día en Tobatí. La más pequeña es la que, tras un curioso peregrinaje, fue a parar en Caacupé.

La semejanza entre las dos imágenes es notable. No pudieron haber salido sino de la inspiración y de la mano maestra del mismo artífice. Evidentemente que los rasgos responden a un mismo y peculiar estilo. Ahora cabria preguntar a que razones obedece la desigualdad de dimensiones. La fantasía popular ha levantado el vuelo de numerosas suposiciones, pero entre ellas, una se impone por su verosimilitud.

El indio cristiano amaba entrañablemente a la Madre de Dios. El amor era la única razón de su vida después del favor recibido. No podía seguir viviendo sin tener a la vista, en su propia morada, la imagen de su celestial protectora.

De acuerdo a la tradición, esculpió primero la más grande destinada a la comunidad, con el deseo de difundir entre sus hermanos catecúmenos la devoción mariana. Como artista que era se sintió complacido por su obra, y esta complacencia le impulso a hacer otra más pequeña que seria para la devoción familiar, de su privativo amor.

Esta imagen es la misma que se encuentra en el camarín del santuario de Caacupé. Es la que inauguro su historia en lo más recóndito de un hogar indígena, la que endulzo la agonía y acompaño la muerte del indio guaraní.

Esta imagen está dedicada a la Inmaculada Concepción de María. Son tantas las advocaciones que han surgido de la devoción cristiana en todos los tiempos y en todos los lugares. Pero, en este caso, por que el artista indígena apelo a la Concepción de María. Al parecer lo hizo instintivamente.

Para responder a la explicable curiosidad basta recordar que el indígena pertenecía a una doctrina, vale decir, a una comunidad gobernada por los franciscanos. Las organizaciones fundadas por los jesuitas llevaban el nombre de reducciones. El solo hecho de ser el escultor guaraní discípulo y catecúmeno de los franciscanos lo explica suficientemente.

El año de 1854 es memorable para la historia de la iglesia. Ese año el Papa Pío IX proclamo solemnemente, como dogma de fe, la Inmaculada Concepción de María. Este pronunciamiento venia a poner fin a una cuestión que había suscitado las más doctas como apasionantes discusiones. Hasta fines de la Edad Media se registraron las más controvertidas y memorables disputas.

Los franciscanos se pronunciaron desde un principio sobre la tesis de la Inmaculada Concepción de María. Ningún franciscano se aparto jamás de esta tradición familiar de la orden de San Francisco. Intervinieron en cuantas disputas se realizaron en las universidades europeas. Las más famosas son las que se llevaron a cabo en La Sorbona de Paris por disposición del Papa Benedicto XI.

No es de extrañar, entonces, que el indígena se haya podido inspirar en la ¨Concepción Inmaculada de María para dar cumplimiento a su promesa. Era discípulo de los franciscanos y no concebiría tal vez otra representación posible. Así dejo su obra bajo esta forma tan grata a los hijos de San Francisco. Así la dejo tres siglos antes de la proclamación como dogma de fe.

El pronunciamiento de Pío IX en 1854 como dogma de fe, había suscitado en la Europa racionalista toda clase de burlas e irreverencias. En el trono de Francia centro entonces de la cultura occidental estaba Napoleón III y en todo el ambiente reinaba un delirante ateísmo racionalista. La fe tenía que resistir la dura crítica para ser admitida.

Cuatro años después del pronunciamiento pontificio se produjeron las famosas apariciones de Lourdes. En un lugar poco menos que desértico, en las estribaciones de los Pirineos, se apareció la Virgen a Bernardita Soubirous. Escogió a una humilde hija del pueblo para confiarle su nombre ante la controversia generalizada entre los sabios: Inmaculada Concepción.

El revuelo producido por estas apariciones fue inesperadamente tumultuoso. Los sabios encontraron una nueva cantera para sus críticas, burlas y sarcasmos. Pero la fe del pueblo cristiano respondió enseguida y en forma multitudinaria a la sorprendente revelación de la virgen. Los escépticos y zaheridores de la fe desaparecieron, y Lourdes (convertida en una hermosa ciudad) esplende y seguirá vibrando bajo la advocación tan grata a los hijos de María: Inmaculada Concepción.

Caacupé tiene el honor de haber recogido el sagrado destino de la predicación franciscana. Todo verdadero artista suele entregarse a una corta oración antes de iniciar y reanudar su labor cotidiana. Es probable que el escultor indígena haya recibido en su oración un soplo inspirador del seráfico Francisco de Asís.

Antes de asentarse definitivamente en Caacupé, la sagrada imagen tuvo un largo peregrinaje, desconocido en su mayor parte. Largo en el tiempo y muy poco en el espacio. Lo más seguro es que no haya salido del área comprendida entre las ciudades de Tobatí, Atyrá, Caacupé, y el lago de Ypacaraí.

En un principio debió permanecer la imagen en el hogar del escultor indígena, vecino de la comunidad de Tobatí. Si esculpió dos imágenes (una más pequeña que la otra), es porque quería tenerla consigo hasta la muerte. Es imposible suponer (humanamente hablando) que pudiera desprenderse de la venerada imagen, que respondía a su más intimo afecto.

Esta consideración permanece bajo el signo de la mera suposición. Nada históricamente se puede afirmar. Seria de medio siglo el tiempo comprendido entre el origen y el año de 1603, que marca el año de la inundación del lago Ypacaraí.

Después de esta primera etapa un hecho cierto se puede apuntar: que la imagen fue encontrada flotando sobre la superficie del lago recientemente serenado. Como ocurrió esto. Nadie ha podido verificarlo. A lo sumo algunas inseguras suposiciones.

Ante el deseo de llevarse la preciosa imagen, manifestada por todos los presentes, tuvo que intervenir Fray Luis de Bolaños. Luego de una corta oración, se la entrego al indígena que se había arrojado al agua para recoger el envoltorio que contenía la imagen: el indio, llamado José, era de oficio carpintero y vecino de la doctrina de Atyrá. Así paso la imagen, salvando desconocidas intermediaciones, de la veneración de un escultor a la de un carpintero.

Según la tradición popular, el indio José era un cristiano nuevo, procedente de una parcialidad guaraní. De su matrimonio con una joven de la misma raza le había nacido un hijo. No se conoce el nombre de la esposa ni el de su hijo único.

Ejercía el mismo oficio que José de Nazareth y llevaba el mismo nombre. Con la esposa y el hijo reproducía una escena parecida a la Sagrada Familia, en la nueva comunidad cristiana. Vida de dedicación al trabajo, austeridad de costumbre, piadosa intimidad en torno a la sagrada imagen. Con un poco de imaginación, se puede reproducir la serena excelsitud de aquel hogar cristiano.

Una mañana recibe el indio José una visita inesperada. Se trata del Padre Doctrinero, quien le comunica que hay una creciente necesidad de madera en la comunidad. Estaban llegando cada día familias indígenas con el propósito de abrazar el cristianismo y radicarse en Atyrá. Urgía, por lo tanto, la construcción de nuevas viviendas para albergar a estas familias en un hogar decoroso.

El indio José comprende perfectamente el problema, y se pone a la orden del sacerdote. Ante la posibilidad de elegir, José decide ir a Caaguy cupe. En ese momento el indio José pronuncio el nombre de una futura ciudad, la que sería elegida como morada por la propia imagen: Caacupé.

Custodiada por cerros como por arcángeles; acariciada como por manos maternales por dos arroyos; con un clima ideal, fresco en verano y tibio en invierno, con prodigiosa vegetación en torno, Caacupé es como estuche de esmeralda que guarda una preciosa joya.

Y en verdad que guarda una joya muy preciosa: la Virgen de los Milagros, a cuyos pies se vuelca buena parte de la población de la republica y aun del extranjero que viene a pedir acongojado, o agradecer en alborozo, sus divinos dones a la Reina de los Cielos.